viernes, mayo 20, 2005

ENCIERROS



Creo que pocas cosas despertaron en mi infancia tanta angustia y tanto miedo como la idea de un “emparedamiento”. La lectura de ciertas leyendas medievales y algún que otro cuento de Edgar Allan Poe, no hizo sino incrementar esta fobia y me llevó incluso a escribir un pequeño relato con ese tema como protagonista.

Pero ha sido ahora, ya crecidito, cuando una rehabilitación catódica ha llegado en mi auxilio: con sólo pulsar un botón del mando a distancia puedo ver, cual si en una terapia conductista me encontrase, gente encerrada y aislada en los más variopintos lugares y situaciones: casas, islas, selvas, granjas… Y supongo que, dada la capacidad del medio para reinventarse, pronto se ampliará el abanico de posibilidades: 10 parejas confinadas durante tres meses en un Seat Panda, 10 ex-presidiarios encerrados en un vestuario femenino, 10 ludópatas recluidos en el interior de un casino, o 20 pederastas abandonados bajo llave dentro de una guardería. Así, emparedados, y bajo la atenta vigilancia de 250 cámaras, nos dejarán contemplar cómodamente todas sus miserias y fechorías acompañándolas de unas palomitas, si es menester.

La pulsión voyeurista parece ser inherente al ser humano, o así lo piensan algunos. Lo realmente sorprendente es que esté dejando de asombrarnos. Cuando, en los 90, la artista británica
Tracey Emin presenta “My bed” -Mi cama- (una cama deshecha donde Emin había pasado enferma una semana, rodeada de todo cuanto usó durante ese tiempo –libros, botellas, colillas...-) causa una conmoción difícilmente repetible hoy día, ahora que vemos las camas con sus ocupantes dentro y a veces hasta metidos en faena.

“Para emparedar a alguien es fundamental elegir bien el sitio. No puede ser en un lugar conocido de la casa, dado que alguien puede llegar y decirte: ¡Esta pared no estaba aquí antes!...” Algo parecido a esto figuraba en mi relato infantil. Ingenuo de mí. Si un niño de hoy escribiera algo similar, elegiría un sitio bien visible y, desde luego, no olvidaría colocar una cámara dentro del reducto, para que todos pudiésemos ver en directo la descomposición de la víctima.


Fotografía: Dionisio Gonzalez, “Rooms”, 1998.

6 comentarios:

Anonymous Anónimo said...

En mis cuentos infantiles la protagonista siempre acababa muriendo y nunca llegaba a consumar su pasión con el protagonista (el consabido príncipe). Creo que tiene que ver con alguna clase de identificación queer fatalista y un poco por la influencia de "El amigo fiel" de Wilde (ya sabeis: el bueno se moría), pero aún no lo he confirmado porque yo tengo pendientes mis propias terapias y rehabilitaciones.

2:58 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

toda la razón, en estas se nos demoronan los cuentos de miedo. Y pensar que becket decía que los males del hombre venían porque no se soportaba a si mismo solo en un ahbitación...inocente, se olvidó de la cámara :P
FELIZ FDS.

siloam

7:44 p. m.  
Blogger guasabi said...

me encantan los emparedados, ahora mismo estoy tragando uno.


guasabi

3:10 p. m.  
Blogger Luces said...

cierto...
y repugnante.

9:14 p. m.  
Blogger laceci said...

Le preveo éxito de audiencia a la serie de los pederastas en la guardería...visto cómo está el mundo de enfermo..

3:07 p. m.  
Anonymous ojos claros said...

el miedo al emparedamiento o el mormo o no sé muy bien qué también fue una constante en mi niñez..
Tengo que reconecer que me gusta mirar, que me gusta ver a la gente y que en ocasiones es mucho mejor si ellos no son conscientes de mi mirada ¡pobres de mis vecinos! jajaja, sin embargo en un alarde de madurez y autocontrol he conseguido liberarme de la visión de ciertos programas....claro que si pusieran a 10 parejas gays en un vestuario de baloncesto...no me atrevería a asegurar nada....

5:17 p. m.  

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